猫の部屋: Bienvenido a la habitación del gato

Bienvenido a la habitación del gato

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El circo (Primera parte)

Publicado por abunaineko en Noviembre 12, 2008

Una silueta de un hombre se ve a lo lejos, pero si nos acercamos más podremos ver que parece imposible que el dueño de esa silueta sea un hombre. Envejecido, decrépito, con una mirada lastimera, se queda mirando desesperadamente el camino detrás de él en busca de algo, aspirando profundamente tras el gran esfuerzo de haber logrado hacer llegar su cuerpo hasta donde ahora se encuentra. Observándolo detenidamente reconocemos en este hombre un rostro familiar, ese rostro de facciones duras que hace apenas unos meses era el de un joven de 26 años, uno mas de tantos que movido por la curiosidad, o quiza por la ambición, dejó lo poco que tenía para seguir a la gente del circo. Y no es para menos, ¡vaya espectáculo que dieron estas personas hace tan solo unos meses!

Un hombre con el rostro pintado de blanco y un traje de arlequín, coloreado como un tablero de ajedréz, saluda al público. Baja la cabeza para hacer una reverencia y se escucha el sonido de los cascabeles que adornan el extraño gorro que lleva puesto. Con una mirada desafiante levanta la cabeza ante el asombrado público que ve surgir en el escenario una inmensa jaula con tres furiosos leones. Tres hombres con trajes de verdugo comienzan a golpear con látigos a los leones a través de las rejas, desencadenando estrepitosos rugidos que intimidan al público más cercano al espectáculo. Mientras tanto, el hombre trepa sobre la jaula y es introducido desde el techo para acompañar a los leones. Rápidamente los verdugos se alejan y la jaula es cubierta con una gran sábana negra que estimula la imaginación de los asistentes al espectáculo. Una ola de sonidos golpea los oidos de los confundidos espectadores, es una extraña mezcla de gritos de un hombre, rugidos de leones, las trompetas, tubas y redobles de tambor de la banda del circo y cientos de voces de animales diversos tanto de los que el circo trae como de las mascotas cercanas, alborotados también por tan estruendoso espectáculo. De pronto, un breve silencio inunda la plaza y la sábana es retirada de la jaula. Los silbidos y aplausos no se dejan esperar. Dentro de la jaula, el hombre, ahora apropidamente ataviado con el atuendo de un mago, sentado en un cómodo aposento, es rodeado de las atenciones de tres hermosas edecanes que ahora saludan a la gente.

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Extraña enfermedad

Publicado por abunaineko en Febrero 18, 2008

Desperté con una extraña sensación, probablemente una nueva enfermedad o un antiguo vicio; pensé seriamente en consultar con un médico, pero después de meditarlo un poco, no sentí que fuera cosa de peligro ni algo por lo que debiera preocuparme. Salí como todos los días hacia el trabajo y aquella extraña sensación se fue agrandando a medida que me acercaba al lugar en donde laboro. ¿Será alergía al trabajo?

Me dirigí rápidamente hacia la cafetera y me preparé un café bien cargado, esperando que aquel malestar fuese solo la reminiscencia de un mal sueño o quiza, muy probablemente, de un sueño maravilloso que no podía acabar de asimilar y que me había envuelto en un instante, ¡así son los sueños! Tras unos sorbos de café comprendí que en vez de mejorar la situación me estaba generando un nuevo malestar, mi estómago me reclamaba al ingerir una bebida tan cargada sin haber recibido antes, al menos, una galleta. ¿Será hambre?

Busqué en los cajones de la oficina en donde siempre tengo algo preparado para este tipo de situaciones y alcancé algunas frituras, una cajita de leche sabor chocolate y algunas donas; sé que no es lo más nutritivo, pero en lo concerniente a satisfacer a mi estómago, cumplen con su cometido. Terminé rápidamente con mi desayuno improvisado y pese a que se disipó el hambre, había algo más, algo que se incrementaba a cada instante, sobre todo cuando me ponía a mirar ansiosamente las manecillas del reloj. No comprendí de dónde salía esa ansiedad y no encontré razón alguna por la que un reloj, pudiera llegar a interesarme de esa manera. Sentí que mi estado se estaba agravando a tal grado de pensar en que lo mejor hubiese sido no salir de casa, tal vez reportarme enfermo, con algo pasajero, una gripe, un malestar estomacal, pues como van las cosas tal vez terminaré saliendo de aquí con una camisa de fuerza.

Dan las once de la mañana y yo sigo tejiendo redes mentales, indagando cualquier causa que me haya llevado a esta condición, generando teorías para entender lo que me pasa. Perdido en mis pensamientos y por alguna razón que aún no consigo explicar levanté la mirada. A lo lejos distinguí una silueta conocida, se fue acercando poco a poco, materializándose, haciéndose cada vez más visible, más reconocible. Entonces distinguí tu rostro, distinguí tus labios y aquellas palabras que sonaban tan maravillosas, aunque no pude comprender su significado, fuí transportado a un paraíso personal y regresé a esta realidad para darte los buenos días y responder con una sonrisa a la tuya.

Me sentí aliviado, mucho más tranquilo y no me quedó más que reirme de la situación que había vivido. Era algo tan simple y tan maravilloso, algo que solo resulta extraño si lo has olvidado, o como en mi caso, si no te ocurre muy frecuentemente. Revisé los documentos que entregaría al cliente a las doce y media para descubrir tu nombre rayoneado a lápiz en uno de los bordes de las primeras páginas. Solté una carcajada, tomé un marcador y escribí en la portada: ¡Estoy enamorado!

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Recuerdos

Publicado por abunaineko en Diciembre 21, 2007

Hacía tiempo que no se veía a nadie por aquella playa. Desde aquél trágico día en que las olas acabaron con lo que comenzaba a ser un próspero lugar para el comercio y el turismo muy poca gente se quedaba contemplando al mar tanto tiempo en ese lugar. Pero allí estaba ella. El sol iba ocultándose a lo lejos, tiñiendo con un tono rojizo las aguas del mar y aquella niña seguía contemplando los recuerdos que las olas traían a la orilla, recuerdos de algún día lejano que la envolvían en un aire de melancolía.
Fueron pocos los que se percataron de su presencia, la gente de aquel lugar era muy suceptible a supersticiones y se habían generado entre ellos varias leyendas sobre la inundación de la antigua ciudad, por lo que llegada la tarde, nadie se atrevía siquiera a mirar el mar para evitar causar cualquier molestia al fantasma de las olas, quien hace 75 años vió turbado su sueño e hizo perecer a aquellos que habían interrumpido su eterno descanso.
Quienes la vieron experimentaron un extraño sentimiento, aunque cualquiera se hubiera preguntado por qué estaba allí, cómo había llegado, dónde estaban sus padres o por qué estaba sola, simplemente la miraron por un instante y sintieron la nostalgia que ella sentía, algunos incluso sintieron agua salada acariciando sus mejillas. Despues de aquella empatía momentánea le regalaban una sonrisa y continuaban su camino: la habían reconocido.
Las estrellas aparecieron en el firmamento, la luna iluminaba el lugar con un brillo pocas veces visto. La niña se puso de pie, el viento despeinaba su larga cabellera y se llevaba con él sus lágrimas, dió unos pasos adelante, el agua mojaba sus pies descalzos, sonrió. Se inclinó sobre el reflejo del firmamento y comenzó a recoger estrellas cuidadosamente, teniendo especial cuidado con aquellas de luz más blanca, pues son las más frágiles. Poco a poco comenzó a adentrarse mas y mas a aquellas aguas que la acariciaban tiernamente y su tarea de recolección de estrellas parecía volverse mas sencilla. Esa noche se pudo ver una lluvia de estrellas desde la ciudad.
A la mañana siguiente los pobladores despertaron con una noticia inusual: “encontraron una estrella en la playa”. Ya desde las siete de la mañana había cerca de una docena de personas que proclamaban como propio el descubrimiento y resguardaban la estrella para evitar que hubiera más dueños del descubrimiento, aunque nadie atinaba a decir qué era lo que estaban haciendo en la playa tan temprano. En unas pocas horas la playa estaba llena de curiosos que alentados por la noticia querían constatar con sus propios ojos aquel maravilloso descubrimiento.
Allí estaba la estrella, enterrada en la arena, con una luz y una calidez que maravillaban a todos los curiosos. No faltó quien se encargó de difundir la noticia en todas las ciudades cercanas, y en muy pocos días fueron llegando personas incluso de otros países a contemplar la estrella. En menos de una semana se convirtió en noticia internacional. Los habitantes de aquella ciudad comenzaron a ofrecer sus casas como hoteles para los turistas, comenzaron a montarse todo tipo de comercios alrededor de la playa e incluso pronto se montó una feria.
Los autoproclamados descubridores de la estrella construyeron un recinto alrededor de la estrella para poder cobrar la entrada a todos los visitantes y pese a los exagerados precios de la entrada y de los servicios que se ofrecían para ver a la estrella cada día iban llegando miles de turistas curiosos.
Una mañana, la brisa tenía un olor distinto, un olor tenue como de rosas, el agua parecía estar mas tranquila que nunca, la nostalgia invadió los corazones de los habitantes más viejos de la ciudad, aquellos que habían sobrevivido a la catástrofe de años atras. Pudieron reconocer claramente lo que significaba, sabían que era lo que pasaría y sabían como evitarlo. Salieron de sus respectivas casas y atravesaron la feria para ir a contemplar el mar. Se encontraron de pronto todos los viejos mirando al mar, se miraron unos a otros, sin sorpresa.
- Vendrá a reclamar lo que es suyo.
- Y tiene razón.
Los viejos suspiraron, miraron la feria por última vez y caminaron lentamente hacia el mar. Nadie los vió llegar y nadie los vió desaparecer lentamente en el agua. En su camino se cruzaron con una niña de una hermosa cabellera larga, les sonrió. Una enorme ola cubrió la feria, una ola más grande alcanzó la ciudad, la estrella regresó a su dueña.

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Día de verano

Publicado por abunaineko en Agosto 5, 2007

Hace tanto tiempo que no me sentaba en esta silla que ocupé por tantos años. Ahora vuelvo a ocupar este lugar y tú sigues estando al lado, como siempre, con esa sombra misteriosa que te envuelve sin que te des cuenta. Siempre con ese rostro tan tranquilo, pese a que estamos repitiendo el mismo terrible apuro que hace tiempo tuvimos que enfrentar. ¿Te acuerdas? Fue en la misma época.
Aún recuerdo ese día lluvioso, recuerdo cómo tuve que salir huyendo en medio de esa tormenta que no me dejó percatarme de la hora que era. Todo el día había habido un cielo gris que hacía parecer cualquier hora las cinco de la tarde. Te ví a las doce y eran las cinco de la tarde, en tu cuarto a las dos y eran las cinco de la tarde, veíamos televisión a las seis y eran las cinco de la tarde y después la noche se convitió en las ocho y a las tres de la mañana yo salía corriendo bajo la lluvia de las ocho.
Al menos hoy no es tormenta, es solo una lluvia ligera, de las que duran todo el día. Y sigo aquí, a tu lado ayudándote con lo mismo que tuve que ayudarte hace años. Tantas cosas han pasado desde entonces. Nuestros caminos se fueron por rumbos divergentes y tras una llamada telefónica se volvieron a unir. Esa mirada, tan tranquila me hace recordar todo lo que he pasado y me invita a pensar. ¿Pensar? ¿Qué es lo que tengo que pensar? Había decidido tomar el camino que elegí cuando nos separamos, no tengo que pensar nada, es una desición que tome desde mucho antes de concebirla.
Pero es tan tentador quedarme a tu lado, fingir que el mundo no existe, sentarnos en el sillón de siempre, abrazarnos y ver televisión hasta quedarnos dormidos y despertar de repente con tus gritos y tus apuros: “¡Nos quedamos dormidos!”, “¡Es tardísimo!”. Y comenzar otro día sin tantas preocupaciones y que corra el reloj y el calendario y los años y los años.
Quisiera fingir que no pasa nada, que el mundo es tan simple como estar viéndote y esperar a que el día termine. Tantas personas pueden hacerlo. Para muchos la vida es un proceso rutinario: El trabajo, los hijos, la comida, el cine, diversiones de fin de semana, futbol de los domingos con cerveza y amigos, tal vez algunos nachos o alguna botana (prefiero los Sabritones) y otra semana más de lo mismo. El paseo en vacaciones, la fiesta de Navidad, el Año Nuevo y aunque todo sea distinto, en la abstracción resulta una rutina patética. ¿Por qué no me puedo integrar a ese mundo de rutinas?
Me imagino pidiéndote en este momento que nos casemos, con mi salario podríamos vivir cómodamente, no con lujos, pero sí podríamos tener nuestra rutina de ensueño. Imagina a nuestros hijos, imáginanos, educándolos para que cuando sean grandes puedan seguir con el ciclo infinito de la vida y la repetición de la repetición hasta que alguno se aburra y quiera hacer algo más interesante (si aún hay mundo para hacerlo).
Es tan fácil caer en la mediocridad, en el conformismo, porque es muy tentador, solo tienes que dejarte llevar. Yo me dejo llevar algunos fines de semana y me asusta que pienso que no es tan malo dejarse llevar. Además, si me estoy quejando de las rutinas, el hecho de que todos quisieran romper la rutina se volvería rutinario y todos al hoyo de nuevo (¿realmente creo eso o es argumento de conformista?).
Y al final creo que mi mente se ve de nuevo inundada por la presencia de ella. Y así, repentinamente sales de mi mente y de mi vista, aunque te estoy viendo. ¿Será ella mi salvación? ¿Por qué con ella en la mente no puedo pensar nada claro? Ah, Neko… si tan solo yo pudiera…
- ¿Qué estas viendo?
- ¿Cómo?
- ¿Qué ves?
- A tí.
- Menso.
Lluvia

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A day in the life

Publicado por abunaineko en Febrero 12, 2007

No es un día como cualquiera, aunque todo sigue siendo igual, aunque el mundo continúe siendo el mismo y la gente continua su vida igual que siempre, hoy hay algo especial: tú.
Tanto tiempo te estuve esperando, tantas cosas han pasado y tantas otras he pensado, y cada día estoy más convencido. Las imágenes y pensamientos van y vienen, pero estás en todos ellos; el presente, el pasado, el futuro, estuviste, estás y quisiera que permanezcas allí.
Hoy tu rostro apareció ante mí, y todo es claro ahora. Me he engañado todo este tiempo, disfrazando los sentimientos con una máscara increíblemente convincente, pero tan frágil, que se desprende con solo tu mirada y cae al suelo lentamente, pisoteada por cada palabra que sale de tu boca, por cada respiro, por cada segundo cerca de tí.
No me importa lo que pienses, no importa lo que pase, solo se que: soy feliz.

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El espejo

Publicado por abunaineko en Diciembre 29, 2006

Despertó, ligeramente más temprano que de costumbre, tras un sueño interrumpido constantemente por los ladridos de los perros que desde unos días antes se habían mostrado sumamente inquietos a partir de las dos de la mañana. Sin mirar el reloj que tenía sobre el buró junto a su cama, se levantó y se dirigió hacia el cuarto de baño. Lentamente abrió la llave del lavamanos. Mientras el agua comenzaba a salir de la llave fijó su atención en el rostro que aparecía detrás del espejo.
No recordaba cuántos días llevaba encerrado en aquel cuarto, pero ese rostro descuidado, con una barba bastante crecida y esas ojeras, consecuencia de varias noches de sueños interrumpidos, hacía parecer ese encierro una cuestión de semanas. Examinó poco a poco su rostro palpándolo lenta y cuidadosamente, como si buscara algo nuevo en él; tras la inspección pasó sus manos bajo el chorro de agua, que había estado corriendo durante todo ese tiempo, y volvió a sentir ese terrible dolor en el costado que lo había postrado en cama durante los últimos tres días; el miedo se apoderó de él.
Había llegado a la ciudad hace apenas un par de semanas, nadíe sabía exactamente de dónde ni por qué. Se hospedó en una pequeña casa, bastante céntrica, cuya dueña rentaba a todo el que necesitara un lugar para quedarse, que tuviera el dinero suficiente y que pudiera soportar a los perros que se paseaban por toda la casa con absoluta libertad; por otro lado la dueña dejaba vivir en paz a todos los inquilinos, sin hacer pregunta alguna sobre sus actividades o procedencia. Tres días antes la casera lo vió llegar, con una larga gabardina, con las botas llenas de lodo, cubriendo su costado izquierdo con la mano derecha por debajo de la gabardina, caminando con dificultad y dejando escapar algunas gotas rojas al suelo; la miró, le dirigió un respetuoso saludo e intentó disimular su dolor caminando normalmente hasta llegar a su habitación, de donde no se le vió salir en los dias posteriores.
Deteniendose del lavamanos para no caer al suelo, vencido por el dolor, volvió a mirar en el espejo aquel rostro de sufrimiento que se llenaba de sudor, un sudor frío que salía de su frente y cubría su rostro, confundiendose con las lágrimas que inundaban sus ojos. El dolor se disipó repentinamente, comenzó a respirar profúndamente para intentar calmar los nervios, pues aún se sentía muy asustado tras lo ocurrido. Se percató de la ausencia de cualquier sonido, ni siquiera escuchaba el flujo del agua que corría bajo la llave abierta; temeroso de que el dolor regresara dirigió la vista hacia su costado y mientras lo hacía advirtió que el chorro de agua había dejado de fluir. La llave seguía abierta, el agua seguía fuera, pero no fluía. Parecía como si estuviese mirando solo una fotografía; rápidamente volvío la vista hacia el espejo y volvió a mirar aquel rostro sudoroso con una mueca de dolor y de miedo, estampado como un retrato en la pared, con la muerte en sus ojos.
Examinó todo a su alrededor; era la única persona que habitaba esa casa, no había vestigios de personas o animales. Todo había quedado suspendido en el tiempo: agua que no caía, árboles cuyas hojas arrancadas por el viento quedaron suspendidas en el viento, relojes detenidos, objetos suspendidos que no llegaron a caer al suelo. Regresó al espejo, examinó aquel rostro de muerte y entonces lo comprendió. Solo había sido el reflejo de una vida; sus acciones, sus decisiones, su vida, no eran realmente suyos, sino que eran el reflejo de la vida de alguien más, alguien que ahora yacía en el piso del cuarto de baño de una habitación alquilada, alguien cuyo instante de muerte quedó grabado del otro lado del espejo.

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Historias

Publicado por abunaineko en Diciembre 7, 2006

Ha sido una larga tarde, él parece sentirse el hombre más afortunado del mundo, mientras ella finge una sonrisa que intenta disfrazar esa enorme angustia que no la deja descansar.
El bolso de ella se encuentrá sobre el pequeño buró que está al lado de la cama donde permanecen abrazados hasta que el sonido de una antigua melodía los interrumpe. De su bolso saca lentamente el teléfono y lee aquellas palabras que la siguen atormentando, finge otra sonrisa para ocultar esa tristeza que ahora se parece más a la resignación. Él parece un poco confundido, pero la sonrisa que ella le muestra lo tranquiliza y prefiere no preguntar nada.
Él se siente tan feliz, ya hace tanto tiempo que soñó con este momento y luchó tanto para poder estar junto a ella que quiere disfrutar cada segundo a su lado y ella le hace sentir que el sentimiento es recíproco. Lleva el teléfono de vuelta al bolso, toma el bolso y lo esconde rápidamente debajo de las sábanas. Las manos le tiemblan, torpemente deja el teléfono en el bolso y busca aquel objeto metálico que llevaba guardando desde hace unas semanas mientras juntaba el valor suficiente para afrontar ese momento. Un frío metal estremece su cuerpo, el metal apunta a su pecho, exáctamente a la altura del corazón, en un segundo infinito una gran cantidad de sentimientos y emociones estremecen su alma y luchan para terminar en un horrendo e inevitable miedo. Jala el gatillo y su corazón queda hecho pedazos . . .

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Resignación

Publicado por abunaineko en Diciembre 7, 2006

Siempre era lo mismo, aquella sensación tan difícil de ignorar que lo envolvía tan fuertemente y lo relegaba a un estado en el que solo le restaba pensar que no era capaz de sentir.
Tan pronto la conoció esta sensación se fué atenuando hasta volverse un sentimiento más bien molesto y estorboso para lo que hasta ahora había sido su estilo de vida basado en una concepción unilateral del mundo.
En polos totalmente opuestos en cuanto a forma de ser y de pensar nadie se hubiera imaginado que creciera entre ellos ningún tipo de relación, y sin embargo, en tan solo un año de conocerse nació entre ellos una profunda amistad, que al incio no parecía más que la domesticación, por parte de ella, de algún felino salvaje que poco a poco se convertía en el más inocente gato doméstico ante el imponente movimiento de sus manos.
El tiempo transcurrió y la vida los llevó a hacerse más cercanos, pero sería esta cercanía la que el destino usara burlonamente para mostrarles la imposibilidad de estar juntos. De alguna manera ambos lo sabían, pero nunca quisieron aceptarlo, hasta que llegó la definitiva separación.

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Despedida

Publicado por abunaineko en Diciembre 7, 2006

A pesar de que tan solo un par de veces en toda su vida habían estado juntos por más de una hora, el destino volvía inevitables una gran cantidad de encuentros casuales; encuentros en los cuáles siempre había un intercambio de miradas y de sonrisas, además de la búsqueda de un pretexto para poder alargar el encuentro un poco más.
Para él era todo un misterio cómo estas casualidades, que al principio parecían insignificantes, se fueron convirtiendo poco a poco en un juego de paciencia. Juego en el que encontraba la burla de las esperas inútiles que él hacía para poder encontrarla. Creía conocer su camino, creía conocer sus horarios, mas sin embargo, el día en que decidía improvisar un encuentro “casual”, algo cambiaba en la rutina ordinaria de ella, convirtiendolo todo en una carcajada del destino, que sonaba también como un regaño, por querer ser él quien dictase los caminos de la vida. Decepcionado de sus esperas fracasadas y justo cuando empezaba a resignarse al hecho de que no la vería nuevamente, ella aparecía, en el lugar menos esperado y a la hora menos esperada, para mostrarle como siempre, esa enorme sonrisa que ambos compartían y esos ojos de los que él no podía despegar ni un momento la mirada.
El tiempo fué transcurriendo, lo poco que sabían uno del otro los llevaba a ambos a la misma conclusión: muy pornto, no volverían a verse nuevamente. Tras una reestructuración de ideas, hipótesis y planes, él decidió ir a buscarla en lo que él creía sería el último día en que podrían verse. Sin una cita previa, con horarios largamente revisados, con una ruta perfectamente planeada y un deseo infinito de poder encontrarla nuevamente, corrió hacia su encuentro. Revisó mentalmente cualquier cambio de planes que ella pudiera haber tenido, cualquier contratiempo y aún así, sus planes tenían una solución para cada uno de estos casos, hasta los más ridículos e impensables.
La buscó por todos los lugares que había planeado en su itinerario, pero ella no estaba. Busco tiempo para revisar también en lugares que no había planeado y finalmente se sentó a esperarla en un “estratégico” lugar, por donde él afirmaba que tendría que pasar. Estaba nervioso, sacó un pequeño libro del bolsillo e intentó leer mientras esperaba; pero no podía concentrarse en su lectura, la imagen de ella aparecía una y otra vez en su cabeza, y las risas infames del destino no dejaban de burlarse de él. Tras una larga espera, decidió rendirse.
Era posiblemente la última vez que él podría verla; quería al menos saber su número de teléfono para poder asegurar un nuevo encuentro. ¿Cómo era posible que nunca le hubiera pedido su número telefónico? En sus cortas pláticas sus miradas quedaban siempre fijas en los ojos del otro. Él, por un lado, intentando pronunciar algunas palabras que pudieran concluir en una invitación o simplemente en alguna forma de acercarse más a ella; por otro lado, ella siempre dejaba ver esa expresión y esa mirada que le pedían a él, firmemente, esa invitación que no podía pronunciar. Incontables veces ella intentó tomar la iniciativa: escribía su teléfono en un pequeño trozo de papel y lo guardaba para poder dárselo cuando lo encontrara nuevamente; en el momento en que buscaba el papel para dárselo, desaparecía misteriosamente.
Convencido de su fracaso, decidió regresar a casa. Caminaba mirando distraidamente su camino y más bien, dirigiendo la mirada al suelo, repasaba mentalmente el plan perfecto-fracasado. Tal vez era lo mejor; el hecho de interesarse a tal grado por una persona prácticamente desconocida para él, le resultaba en una imagen enfermiza de él mismo. Aún así, no podía dejar de pensar en el día en que la vió por primera vez. Aquel día había una conglomeración de gente frente a la entrada del edificio en donde aplicarían las pruebas para obtener las plazas que ofrecía una prestigiada compañía; ninguno de ellos dos estaba allí por un verdadero interés en aquellas plazas, sino solamente porque habían recibido una invitación directamente de importantes miembros de la compañía. Ambos mostraban malestar en su rostro viendo a la gente que peleaba por tener un lugar más cercano a la entrada, como si se tratase de un concurso en el que el primero en entrar gana. Cada uno se encontraba en lados opuestos de la muchedumbre y perdieron totalmente el interés por, al menos, entrar a dar un vistazo; comenzaron a alejarse lentamente y sus caminos se cruzaron. Un hombre que gritaba, anunciando la apertura de las puertas, llamó su atención. Se detuvieron, voltearon a ver a la masa humana que se apresuraba a la entrada; desinteresados totalmente volvieron la vista al frente y se encontraron. Quedaron uno frente al otro, se miraron largo tiempo, sin decir una sola palabra; sus rostros tenían una expresión de sorpresa, sus bocas no expresaban ninguna emoción, y sus miradas quedaron fijas en los ojos del otro; un sentimiento recorrió sus cuerpos, como escalofríos. -Buenos días- Dijeron al mismo tiempo y continuaron con su camino.
En su mirar al suelo notó que los cordones de sus zapatos estaban, como casi siempre, desatados; se detuvo para atarlos y cuando terminó de hacerlo, alzó la vista, distinguió aquel abrigo y esa particular forma de caminar de ella. Lenta y distraidamente se acercaba a él, él se levantó y escuchó su voz -¿Cómo estas? – Le preguntó. El encuentro se convirtió en uno de tantos más encuentros cortos, con la única diferencia de que al despedirse ella le apretó el brazo y se acercó a él con un movimiento que intentaba disimular el deseo original de darle un abrazo. Cada uno siguió su camino, pero él recordó el verdadero objetivo de haberla buscado ese día; dió media vuelta y hechó a correr hacia el lugar donde se habían encontrado y una vez que llegó allí corrió sobre el camino por el que ella se había ido, pero no la pudo encontrar…

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