Despedida

A pesar de que tan solo un par de veces en toda su vida habían estado juntos por más de una hora, el destino volvía inevitables una gran cantidad de encuentros casuales; encuentros en los cuáles siempre había un intercambio de miradas y de sonrisas, además de la búsqueda de un pretexto para poder alargar el encuentro un poco más.
Para él era todo un misterio cómo estas casualidades, que al principio parecían insignificantes, se fueron convirtiendo poco a poco en un juego de paciencia. Juego en el que encontraba la burla de las esperas inútiles que él hacía para poder encontrarla. Creía conocer su camino, creía conocer sus horarios, mas sin embargo, el día en que decidía improvisar un encuentro “casual”, algo cambiaba en la rutina ordinaria de ella, convirtiendolo todo en una carcajada del destino, que sonaba también como un regaño, por querer ser él quien dictase los caminos de la vida. Decepcionado de sus esperas fracasadas y justo cuando empezaba a resignarse al hecho de que no la vería nuevamente, ella aparecía, en el lugar menos esperado y a la hora menos esperada, para mostrarle como siempre, esa enorme sonrisa que ambos compartían y esos ojos de los que él no podía despegar ni un momento la mirada.
El tiempo fué transcurriendo, lo poco que sabían uno del otro los llevaba a ambos a la misma conclusión: muy pornto, no volverían a verse nuevamente. Tras una reestructuración de ideas, hipótesis y planes, él decidió ir a buscarla en lo que él creía sería el último día en que podrían verse. Sin una cita previa, con horarios largamente revisados, con una ruta perfectamente planeada y un deseo infinito de poder encontrarla nuevamente, corrió hacia su encuentro. Revisó mentalmente cualquier cambio de planes que ella pudiera haber tenido, cualquier contratiempo y aún así, sus planes tenían una solución para cada uno de estos casos, hasta los más ridículos e impensables.
La buscó por todos los lugares que había planeado en su itinerario, pero ella no estaba. Busco tiempo para revisar también en lugares que no había planeado y finalmente se sentó a esperarla en un “estratégico” lugar, por donde él afirmaba que tendría que pasar. Estaba nervioso, sacó un pequeño libro del bolsillo e intentó leer mientras esperaba; pero no podía concentrarse en su lectura, la imagen de ella aparecía una y otra vez en su cabeza, y las risas infames del destino no dejaban de burlarse de él. Tras una larga espera, decidió rendirse.
Era posiblemente la última vez que él podría verla; quería al menos saber su número de teléfono para poder asegurar un nuevo encuentro. ¿Cómo era posible que nunca le hubiera pedido su número telefónico? En sus cortas pláticas sus miradas quedaban siempre fijas en los ojos del otro. Él, por un lado, intentando pronunciar algunas palabras que pudieran concluir en una invitación o simplemente en alguna forma de acercarse más a ella; por otro lado, ella siempre dejaba ver esa expresión y esa mirada que le pedían a él, firmemente, esa invitación que no podía pronunciar. Incontables veces ella intentó tomar la iniciativa: escribía su teléfono en un pequeño trozo de papel y lo guardaba para poder dárselo cuando lo encontrara nuevamente; en el momento en que buscaba el papel para dárselo, desaparecía misteriosamente.
Convencido de su fracaso, decidió regresar a casa. Caminaba mirando distraidamente su camino y más bien, dirigiendo la mirada al suelo, repasaba mentalmente el plan perfecto-fracasado. Tal vez era lo mejor; el hecho de interesarse a tal grado por una persona prácticamente desconocida para él, le resultaba en una imagen enfermiza de él mismo. Aún así, no podía dejar de pensar en el día en que la vió por primera vez. Aquel día había una conglomeración de gente frente a la entrada del edificio en donde aplicarían las pruebas para obtener las plazas que ofrecía una prestigiada compañía; ninguno de ellos dos estaba allí por un verdadero interés en aquellas plazas, sino solamente porque habían recibido una invitación directamente de importantes miembros de la compañía. Ambos mostraban malestar en su rostro viendo a la gente que peleaba por tener un lugar más cercano a la entrada, como si se tratase de un concurso en el que el primero en entrar gana. Cada uno se encontraba en lados opuestos de la muchedumbre y perdieron totalmente el interés por, al menos, entrar a dar un vistazo; comenzaron a alejarse lentamente y sus caminos se cruzaron. Un hombre que gritaba, anunciando la apertura de las puertas, llamó su atención. Se detuvieron, voltearon a ver a la masa humana que se apresuraba a la entrada; desinteresados totalmente volvieron la vista al frente y se encontraron. Quedaron uno frente al otro, se miraron largo tiempo, sin decir una sola palabra; sus rostros tenían una expresión de sorpresa, sus bocas no expresaban ninguna emoción, y sus miradas quedaron fijas en los ojos del otro; un sentimiento recorrió sus cuerpos, como escalofríos. -Buenos días- Dijeron al mismo tiempo y continuaron con su camino.
En su mirar al suelo notó que los cordones de sus zapatos estaban, como casi siempre, desatados; se detuvo para atarlos y cuando terminó de hacerlo, alzó la vista, distinguió aquel abrigo y esa particular forma de caminar de ella. Lenta y distraidamente se acercaba a él, él se levantó y escuchó su voz -¿Cómo estas? – Le preguntó. El encuentro se convirtió en uno de tantos más encuentros cortos, con la única diferencia de que al despedirse ella le apretó el brazo y se acercó a él con un movimiento que intentaba disimular el deseo original de darle un abrazo. Cada uno siguió su camino, pero él recordó el verdadero objetivo de haberla buscado ese día; dió media vuelta y hechó a correr hacia el lugar donde se habían encontrado y una vez que llegó allí corrió sobre el camino por el que ella se había ido, pero no la pudo encontrar…

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Acerca de

Estudiante de la Facultad de Ciencias UNAM, desde hace unos años. Soñador y loco, enamorado...

Publicado en Minificciones

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